Hay estadísticas que deberían preocupar. Y luego hay estadísticas que deberían encender alarmas.
En Tijuana, especialistas del Hospital de Salud Mental de Tijuana lanzaron una advertencia que pasó medio desapercibida: 9 de cada 10 adolescentes hospitalizados presentan problemas relacionados con el uso excesivo del celular o dispositivos con internet.
Sí, nueve de cada diez. No estamos hablando de ‘se distraen en clase’. Estamos hablando de salud mental.

La psiquiatra Graciela Jiménez Trejo lo explica sin rodeos: el uso indiscriminado de teléfonos inteligentes está provocando impulsividad, baja tolerancia a la frustración y dificultades para respetar normas en casa y en la escuela.
En algunos casos, cuando se intenta limitar el acceso al celular, los menores reaccionan con conductas agresivas. Traducción incómoda: quitarles el teléfono ya provoca crisis.
El fenómeno tiene un punto de inflexión bastante claro: la pandemia de COVID-19. Durante ese periodo, millones de estudiantes pasaron de usar pantallas ocasionalmente a depender de ellas para todo: clases, tareas, entretenimiento, socialización.
El problema es que cuando las clases volvieron a ser presenciales… los celulares no se fueron. Se quedaron.
Hoy, muchos docentes reportan que los teléfonos son una distracción constante en el aula. En algunos casos incluso se usan para grabar peleas, difundir bullying o viralizar conflictos escolares.

Ante ese panorama, el hospital está impulsando una propuesta bastante simple: restringir el uso de celulares dentro de las escuelas de Baja California.
La idea es que los estudiantes no puedan usar teléfonos durante la jornada escolar, salvo cuando un docente lo autorice con fines educativos. También se plantea que los planteles puedan resguardar temporalmente los dispositivos durante las clases.
El objetivo oficial es ordenar el uso de la tecnología. ¿Realmente estamos frente a un problema de celulares o estamos frente a una generación que nunca tuvo reglas claras sobre cómo usarlos?
Porque durante años se repitió el mismo discurso: que los dispositivos eran herramientas educativas, que los niños ‘aprenden mejor con tecnología’, que prohibirlos era exagerado. Ahora los hospitales dicen otra cosa.
Y cuando un hospital empieza a hablar de salud mental en adolescentes, normalmente significa que el problema ya no está en la pantalla.
— El Vecino Incómodo
