Uno pensaría que el escándalo educativo sería por falta de libros. Pero no. Esta vez los libros llegaron… con errores.
El rediseño encabezado por Marx Arriaga no solo abrió el debate ideológico; también destapó problemas técnicos bastante menos filosóficos y mucho más concretos: equivocaciones en contenidos, datos imprecisos y fallas de edición en los nuevos Libros de Texto Gratuitos distribuidos por la Secretaría de Educación Pública.
En matemáticas, especialistas señalaron inconsistencias en planteamientos y ausencia de progresión clara en operaciones básicas. En algunos materiales se detectaron errores en conversiones y explicaciones incompletas de procedimientos. Puede sonar menor, hasta que recordamos que estamos hablando de la base aritmética de millones de niños.
En ciencias naturales, hubo críticas por simplificaciones problemáticas y por la eliminación de ciertos esquemas estructurados que facilitaban la comprensión gradual. En historia, académicos cuestionaron enfoques considerados parciales o con interpretación unidireccional de procesos políticos recientes.
Y luego están las erratas editoriales: referencias cruzadas incorrectas, numeraciones que no coinciden, gráficos mal rotulados. Nada que un buen proceso de revisión no hubiera detectado. El detalle incómodo es que varios especialistas denunciaron que ese proceso fue limitado o apresurado.
El gobierno defendió el modelo como una transformación necesaria frente a lo que denomina herencia “neoliberal” del sistema educativo. El problema es que combatir una narrativa con otra no necesariamente fortalece la comprensión lectora ni el razonamiento lógico.
La educación básica no es un foro de debate ideológico adulto. Es un espacio donde primero se aprende a pensar, y luego —con herramientas sólidas— se debate.
El riesgo estructural es claro: en un país con profundas desigualdades, cualquier debilitamiento técnico impacta más a quienes dependen exclusivamente de la educación pública. Si hay errores o ambigüedades, quienes puedan pagar clases particulares los corregirán en casa. Quienes no, cargarán con lagunas académicas que no se notan en tercero de primaria, pero explotan en preparatoria.
Aquí la pregunta no es si se debe actualizar el currículo. Claro que sí. El sistema anterior tampoco era perfecto. La pregunta es si una reforma de esta magnitud pasó por validaciones técnicas rigurosas y pruebas piloto amplias antes de convertirse en política nacional.
Porque cuando el Estado imprime millones de ejemplares con fallas, no estamos ante un simple error editorial. Estamos ante una señal. La primaria no es laboratorio político. Es infraestructura social.
Y cuando la infraestructura se construye con prisa —o con intención más narrativa que técnica— los costos no se pagan en conferencias de prensa. Se pagan en generaciones.
– Vecino Incomodo.
