756 millones de pesos… y un millón de baches de fe.

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En Mexicali anunciaron 756 millones de pesos para un programa con nombre tranquilizador: Calles Seguras, Familias Seguras. Porque si algo nos da paz en Baja California es un buen eslogan.

La promesa suena contundente: más de un millón de metros cuadrados rehabilitados, más de 100 kilómetros de vialidades intervenidas. Bacheo, microcarpeta, sellado de pavimento. Palabras técnicas que, traducidas al idioma banqueta, significan: “a ver si ahora sí dejamos de esquivar cráteres camino al trabajo”.

No es un tema menor. El rezago en vialidades no es percepción, es suspensión dañada. Es llanta tronada. Es tráfico más lento porque todos zigzagueamos como si estuviéramos en competencia de obstáculos urbanos. Que por fin se le meta dinero al problema es, en teoría, una buena noticia. En teoría.

Porque en este país el anuncio siempre corre más rápido que la obra. Y 756 millones no se evaporan solos, pero sí pueden diluirse entre licitaciones opacas, tiempos extendidos, materiales de segunda o supervisiones que existen más en el papel que en la calle.

Rehabilitar 100 kilómetros no es ponerle curita a un bache. Implica planeación técnica, maquinaria constante, control de calidad y seguimiento. Implica que alguien revise que lo que se paga se esté haciendo y que lo que se hace dure más que un ciclo electoral.

Aquí es donde la palabra incómoda aparece: transparencia.
¿Habrá contratos públicos fáciles de consultar?
¿Avances semanales verificables?
¿Auditorías independientes?
¿O tendremos que confiar, otra vez, en la foto del banderazo y el dron sobrevolando asfalto recién puesto?

El dinero es real. El problema también. Lo que todavía está en veremos es la ejecución. Porque las calles seguras no se logran con conferencias, sino con concreto que aguante el verano cachanilla. Y familias seguras no se convencen con cifras, sino con resultados que no se desmoronen con la primera lluvia.

La pregunta no es si el presupuesto suena grande.
La pregunta es: cuando pasen seis meses y volvamos a recorrer esas mismas avenidas, ¿qué vamos a ver… asfalto nuevo o el mismo déjà vu de siempre?

– El vecino incómodo

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