De la esquina a Instagram: ¿qué pasó con el taco?

Entre Tijuana y Los Ángeles, la memoria también subió de precio.

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Antes el taco no necesitaba presentación. Estaba en la esquina, bajo un foco blanco medio tembloroso, con el trompo girando y la fila de siempre. Cinco minutos, servilleta doblada, salsa que picaba de verdad. Nadie le tomaba foto. Se lo comían y ya.

Ahora en Los Ángeles el taco llega en plato compostable, con branding minimalista, playlist curada y seis dólares en la cuenta. Y una no juzga… pero sí pregunta.

Porque cruzas a Tijuana y el mismo taco —la misma tortilla, la misma carne doradita, el mismo cilantro generoso— cuesta la mitad. Entonces, ¿qué cambió?

En LA pagas renta en dólares, permisos, diseño interior y la experiencia completa. Pero también pagas algo más difícil de medir: nostalgia. Pagas por sentirte cerca de casa sin cruzar la frontera. Pagas por ese sabor que te recuerda a tu infancia, al domingo en familia, al ¿quieres otro, mija? que todavía resuena.

El problema no es que evolucione la cocina. La comida siempre se mueve, se adapta, crece. Lo delicado es cuando lo que nació como comida trabajadora —accesible, de barrio, comunitaria— se convierte en lujo aspiracional. Porque el taco no nació para ser exclusivo. Nació para alimentar.

Y aquí, entre Tijuana y Los Ángeles, la memoria también se volvió mercancía. Se empaca bonito. Se etiqueta heritage. Se vende como experiencia.

No todo es negativo. Hay chefs fronterizos que están honrando la tradición, pagando justo, elevando técnica sin borrar origen. Eso también merece aplauso.

Pero que no se nos olvide algo sencillo: el taco sigue siendo humilde. Lo que cambió fue el precio.

Y cuando sentirte en casa empieza a costar más, vale la pena sentarse un momento… y preguntarse por qué.

— Abuela Certified

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