El río Tijuana: ese problema que México y Estados Unidos llevan “arreglando” desde que tenemos memoria

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Esta semana México y Estados Unidos anunciaron, una vez más, que ahora sí van a sanear el río Tijuana. Que ya hay calendario. Que ya se pusieron de acuerdo. Que ahora sí es en serio. Y la comunidad fronteriza reaccionó como siempre: ok… ajá… ¿y luego?

No es cinismo. Es experiencia.

Porque el río Tijuana no es un problema nuevo, ni reciente, ni mal entendido. Es un problema viejo, persistente y perfectamente conocido por ambos lados de la frontera. Tan conocido, que ya casi forma parte del paisaje mental de quienes viven entre Tijuana y San Diego. No debería, pero ahí está.

El anuncio suena bien. Muy bien, de hecho. Un calendario específico de obras, responsabilidades claras para cada país, ampliación de plantas de tratamiento, promesas de que ahora sí se va a atender “de fondo” algo que lleva décadas afectando playas, ecosistemas y la paciencia colectiva. Todo en orden. Todo bien redactado.

El detalle es que esto ya lo hemos escuchado antes.

Cada administración llega con su versión del “ahora sí”. Cambian los nombres, cambian los voceros, cambian las conferencias, pero el río sigue igual de presente. Y cuando algo se promete tantas veces, el problema ya no es la falta de planes, es la falta de credibilidad.

Estados Unidos promete ampliar su planta para 2027. México promete obras complementarias. Y mientras tanto, el río sigue haciendo lo suyo: cruzar la frontera sin pedir permiso, recordándonos que la contaminación no entiende de soberanía ni de discursos diplomáticos.

Uno de los momentos más interesantes del anuncio fue la propuesta del “emisor oceánico” por parte de Estados Unidos. Traducido al lenguaje cotidiano: si algo falla, mandamos el problema mar adentro. No a la playa, no visible, no incómodo. Lejos. Muy lejos. Lo suficientemente lejos como para que no huela… por ahora.

No es una crítica técnica. Es una observación política. Porque este problema siempre se ha tratado así: administrarlo para que no moleste demasiado, no necesariamente para resolverlo ya.

Y ojo: que exista un calendario no es malo. Al contrario. Es mejor que no tener nada. Pero en una región con memoria larga, los calendarios se leen con cautela. 2027 suena responsable en papel, pero lejano cuando el impacto es diario.

La comunidad fronteriza no está pidiendo milagros. Está pidiendo coherencia. Menos anuncios históricos y más resultados visibles. Menos conferencias y más agua limpia. Menos “es un avance” y más “ya no es tema”.

El río Tijuana no necesita ser protagonista de otra promesa binacional. Necesita dejar de ser noticia.

Y cuando eso pase —cuando ya no haya comunicados, ni acuerdos, ni explicaciones— entonces sí, tal vez, creeremos que esta vez fue diferente.

Mientras tanto, escuchamos, asentimos… y seguimos esperando. Con memoria. Y con la ceja ligeramente levantada.

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