El Río Colorado lleva más de dos décadas perdiendo fuerza. No es una sequía más: es una mega sequía que, desde el año 2000, ha reducido su flujo en aproximadamente 20%. Y en 2026, el problema ya no es solo ambiental. Es económico, político y, sobre todo, cotidiano para millones de personas.
Los niveles de los principales embalses lo reflejan con claridad. Lake Powell se encuentra alrededor del 26% de su capacidad, mientras que Lake Mead ronda el 34% (datos de inicios de 2026). En conjunto, estos sistemas abastecen a cerca de 40 millones de personas en Estados Unidos y México.
La pregunta ya no es si hay menos agua. Es cómo se reparte lo que queda.
El marco sigue siendo el Tratado de Aguas de 1944, que garantiza a México una entrega anual de 1.5 millones de acre-pies. Sin embargo, bajo las condiciones actuales, ese volumen ya no es fijo en la práctica. Para 2026, la asignación se redujo a aproximadamente 1.35 millones de acre-pies, es decir, cerca de un 5% menos.
Estados Unidos también enfrenta presiones, pero no de la misma forma. California, por tener derechos históricos prioritarios, no enfrenta recortes directos en 2026, a diferencia de estados como Arizona o Nevada. Aun así, ese margen podría cambiar después de este año, cuando se redefinan las reglas del juego.
En Baja California, el impacto es más inmediato. Gran parte del estado depende del agua del Río Colorado: ciudades como Mexicali, Tijuana y Ensenada reciben suministro directa o indirectamente de esta fuente. Se estima que 9 de cada 10 hogares en la zona costa dependen de ese sistema.
Eso se traduce en tres presiones claras. La primera es urbana: más demanda con menos disponibilidad. La segunda es agrícola: el Valle de Mexicali enfrenta menor acceso a agua dulce y problemas crecientes de salinidad en los suelos. La tercera es estructural: la necesidad de invertir en eficiencia, reutilización y reducción de pérdidas en redes.
Del lado estadounidense, el impacto es distinto pero igual de relevante. El sur de California, incluyendo ciudades como Los Ángeles y San Diego, depende indirectamente del sistema del Colorado. Y en el Valle Imperial, uno de los principales centros agrícolas del país, cualquier ajuste futuro en la distribución del agua podría traducirse en menos producción.
A esto se suma un factor que suele quedar fuera de la conversación pública: la energía. Los niveles bajos en Lake Powell ponen en riesgo la generación hidroeléctrica en la presa Glen Canyon, lo que añade otra capa al problema.
El punto más delicado está en el corto plazo. Los acuerdos actuales que regulan el uso del agua —incluyendo mecanismos binacionales de cooperación— expiran a finales de 2026. Hasta ahora, no hay consenso claro sobre qué pasará después. Las opciones van desde nuevos recortes hasta decisiones unilaterales del gobierno federal estadounidense.
Eso abre un escenario de incertidumbre para ambos lados de la frontera. Porque el Río Colorado nunca fue solo un río. Es una infraestructura compartida. Y lo que está pasando deja una conclusión difícil de ignorar: la escasez ya no es una excepción. Es la nueva base sobre la que se están tomando decisiones.
