Durante años, la frontera entre Tijuana y San Diego fue sinónimo de lo mismo: filas, campamentos, crisis migratoria constante. Hoy, el escenario cambió. Pero no necesariamente para bien.
De acuerdo con datos de U.S. Customs and Border Protection, los cruces irregulares en la frontera suroeste de Estados Unidos han caído a niveles que no se veían en más de medio siglo. En el año fiscal 2025 se registraron alrededor de 237 mil encuentros, la cifra más baja desde 1970. Y en 2026, la tendencia no solo continúa: se profundiza.
Hay meses recientes con caídas de hasta 79%, e incluso reportes de días con cifras mínimas históricas. En el sector de San Diego — el que conecta directamente con Baja California — el cambio es visible: menos detenciones, campamentos prácticamente vacíos y una reducción de hasta 70% en cruces de mexicanos en el último año.
La narrativa oficial, impulsada por el gobierno de Donald Trump, es clara: “la frontera más segura de la historia”. Pero como casi siempre, el dato no cuenta toda la historia. Porque sí, hay menos gente cruzando. La pregunta es: por qué.
La respuesta está en las políticas aplicadas desde 2025: cierre de vías como CBP One, expulsiones más rápidas, prácticamente cero liberaciones dentro de Estados Unidos y un endurecimiento general del sistema migratorio.
En otras palabras: menos cruces… porque cruzar dejó de ser una opción real.
A eso se suma la contención del lado mexicano y un efecto que rara vez se menciona en cifras oficiales: la disuasión. El mensaje es claro y ha funcionado: si cruzas, te regresan. Pero mientras los números bajan, la tensión sube.
En paralelo a esta caída histórica, la frontera se ha militarizado como no se veía en años. Zonas cercanas a California han sido declaradas áreas de defensa, con presencia de tropas, drones y vigilancia reforzada. La lógica ya no es solo migratoria. Es de seguridad nacional.
Y ahí es donde el tema cambia de tono. Porque la designación de cárteles como organizaciones terroristas y el aumento de operaciones militares abren una puerta que en México siempre incomoda: la posibilidad — aunque sea discursiva — de acciones más agresivas o unilaterales.
El gobierno mexicano ha rechazado esa posibilidad. Pero el ambiente no es precisamente relajado. A esto se suma otro frente: las visas.
En los últimos meses ha habido mayor escrutinio, cancelaciones y presión en distintos tipos de permisos, desde turismo hasta trabajo temporal. Para un estado como Baja California, donde la economía depende del cruce diario, eso no es un detalle menor.
Menos migrantes en albergues — algunos reportan caídas de hasta 80% — pero más incertidumbre en quienes sí cruzan legalmente para trabajar, producir o sostener la dinámica binacional.
Y entonces aparece la contradicción. La frontera está más ‘controlada’ que nunca. Pero también más tensa.
Menos flujo no significa estabilidad. A veces significa contención. Y en Baja California, eso se siente distinto: una frontera más vacía… pero mucho más vigilada. Porque al final, el dato puede ser histórico.
La pregunta es si también lo es el costo de lograrlo.
— El Vecino incómodo
